Como un errante extranjero, gravita sobre las sombras el alma de mi sobrecogida humanidad.
A lo lejos, sobre las excelsas cimas de la ventura, alcanza a divisar mi nostalgia la etérea sombra de tiempos que ahora se me antojan abstractos y distantes.
En la brisa vespertina del primer rocío cabalga ligera la esencia de un recuerdo vivo y latente. Los capullos del lirio despliegan su majestad para saludar la añoranza que evoca tu presencia traslúcida, cada vez más desdibujada.
Sentado bajo la sombra de un cerezo cuyas flores palidecidas se abandonan al viento, escucho el susurro de fríos arroyuelos que cantan en su calmado discurrir, una triste sonata en cuyos sentidos compases viaja la secreta agonía de un amor apagado.
Este agudo sosiego lacera cada segundo que vivo en el pendular de un tiempo estático y hostil.
De pronto, en medio de un brusco suspiro, retorno a la realidad. Contemplo la rudeza del asfalto, la frialdad de las casas ordenadas en fila a ambos lados de la calle, la gravedad de los techos que se alzan sobre mi cabeza, recibo el abraso del sol y siento el andar de la gente que transita arrítmicamente, envuelta en el ritual de una vida sin sobresaltos.
Ya no hay lienzo para pintar la poesía de la caricia; no hay pentagrama para cifrar el suave encanto de las dulces melodías que palpitaba el corazón; no hay cristal que concentre los cálidos rayos de un amor ahora distante… Me ha atrapado la gravedad de una cotidianidad sombría y rutinaria.
Un suspiro más tarde me encuentro de nuevo absorto en mi mundo etéreo. Transido, con la mirada perdida en alguna parte del espacio, retomo la contemplación de mi propia soledad.
Sebastián Longas M.
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