La pesadez del aire vaticina la pronta llegada de un luto helado y sin esperanza. A lo lejos, delineando el horizonte del agitado cielo nocturno, se yergue funestamente una lóbrega aurora de cristal asida al filo del beso helado del desamor que pende oscilante sobre mí. Lleva en caravana fúnebre el yerto despojo del amor para siempre sumido en el más penoso de los letargos. En cada tramo de la avanzada voy recogiendo mi sombra para con ella tejer la mortaja que cubrirá el corazón que será sepultado sin más dolientes que su antiguo portador, ahora cubierto también por la palidez, sin esperanza de redención.
Una horrorosa calle de honor, formada por la famélica mirada de millones de cuervos que observan ansiosos, es el marco que custodia el paso del cortejo hacia su morada final. Entre el estruendo de sus graznidos, agitan desesperadamente las negras alas; cubre el espacio el caos de sus plumas de un brillante azul metálico al viento, creando una aurora tan turbia como la intención de sus miradas.
Sobre la lápida del difunto no hay inscripciones ni epitafios. No hay en su entorno voz de condolencia. No hay nardo ni crisantemo que engalane la fosa. Sepultado bajo la tierra fría del desconsuelo permanecerá eternamente. No volverá jamás a contemplar ni la más mínima brizna de luz. Será devorado una y mil veces por los habitantes subterráneos, se deshará y se recompondrá… Morirá infinitas veces aunque yace ahora difunto.
No soplará sobre los campos donde se encuentra brisa alguna que alivie el silencio. Ni la lástima de un amanecer se apiadará de él. No habrá verde que brote para refrescar su aridez, ni luna que se pose sobre el reseco piso que lo cubre. La desolación profanará sin tregua su sarcófago de ébano.
Ha muerto. Eso es todo. Este es su réquiem. No hay más. Es el fin. El fin eterno. Para siempre. Hasta nunca. Hasta siempre. Solo el tiempo pasará por él, simplemente para hurgar en su miserable circunstancia.
Réquiem al amor.
Sebastián Longas M.
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