Nuestra Triste Comedia Actual

El agitado ritmo de vida de la generación actual no permite reconocer, valorar y respetar la naturaleza humana como es debido. Y es que con ese bombardeo incesante de información errada y medios de ocio que adormecen nuestras mentes, es muy difícil, si no imposible, divisar un horizonte claro. La sociedad de consumo crea un holograma social amañado y distorsionado que nos impide ver más allá de lo que está a simple vista y nos aleja de nuestra condición humana cada vez más.

Apenas tengo 23 años, pero considero que he vivido lo suficiente como para extrañar una época en la que yo no era siquiera un proyecto: la época en que todavía existían seres humanos habitando la tierra, la época en que la sencillez de la vida era la máxima fascinación para todos; esa época de ensueños azules y realidades mágicas y vidas descomplicadas, sin artificios ni composturas groseras.

Hoy sólo queda mirar las grises nubes que han colmado nuestro cielo en pos de un desarrollo desbocado y sin control que nos ha arrebatado la claridad del firmamento, la paz de nuestras verdes praderas y el brillo de un horizonte siempre encendido...

Cómo lamento que con cada paso que dá la humanidad se desprenda un jirón de nuestra ética y nuestra moral. Cómo lamento que nuestra humanidad esté transformada en una masa de seres que respiran pero no viven. Cómo lamento que hayamos olvidado nuestro origen y estemos tan a gusto destruyendo nuestro hogar. Cómo lamento que nuestras ansias de sentirnos omnipotentes sean más poderosas que la esencia misma de nuestra grandeza innata. Cómo lamento que hayamos dejado de ser libres para convertirnos en esclavos de nuestras propias invenciones...

Me causa una gran tristeza nuestra torpeza al transitar por nuestras vidas, vernos trastabillar sobre nuestros propios pasos, tropezar constantemente con las piedras que nosotros mismos ponemos en el camino, ir como chiquillos desafortunados y tercos convencidos de que ya sabemos volar cuando apenas estamos aprendiendo a caminar. Por eso me parece desafortunada la falsa imagen de un mundo feliz mientras la humanidad sufre una incurable ceguera al tiempo que se jacta de tener una visión tan amplia, tan bien proyectada al futuro, tan infalible y aguda...

Creo que solo resta pedirle a Dios que nos perdone nuestra insensatez y nuestra ingratitud, por no haber sabido valorar a tiempo el inmerecido paraíso que nos entregó, el mismo que, poco a poco, hemos ido tornando en un hades de sufrimiento, guerras, hambre, destrucción, miseria y locura colectiva con nuestro egoísmo, nuestra indolencia, nuestra intolerancia, nuestra ambición desmedida, nuestra arrogancia y nuestra pérdida de valores.

Sebastián Longas M.
Ruinas de Pompeya. Fuente: http://sobreitalia.com

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