LA SULAMITA Y EL POETA

La sulamita reía. Reía satisfecha porque tenía en sus manos al poeta. Lo tenía en sus manos y lo dominaba. Lo dominaba con el hechizo de su sonrisa lisonjera, descarada y pervertida…

Descarada… Hechicera... Perversa… Lisonjera…. Cínica y fatal.

Él se rendía a sus pies. Y decaía… No le importaba rodar por la pendiente que la esclava le marcaba, porque la hizo su reina.

Y le permitía gobernar sobre su vida. Y le permitía dominarlo… Y le permitía que lo hiciera rodar por la pendiente.

Sólo le interesaba entregarse a la sulamita. Y ella le esquivaba alegre, sutil e inteligente, ocultando el desamor tras el regalo fortuito de una untuosa sonrisa y una promesa inexpresada de placeres que nunca le daría.

El poeta perdió el apetito y el sueño. Perdió la paz y la alegría. Perdió la calma y las ansias de vivir. Se ensombreció su rostro y se endureció su corazón.

Sabía que el corazón que él amaba se consumía de amor por otro corazón. Y sabiendo ajeno aquel amor, le dedicaba sus mejores versos.

La esclava era reina y el poeta, esclavo… Él leía sus versos a su reina y ella, dominadora y coqueta, le alentaba a escribir más versos que le contaran su amor, su esclavitud y su pena.

Y el poeta era feliz siendo infeliz…

Fabio Longas

Comentarios