Ya no toco piano. Alejado de la farándula y el ruido de la popularidad, enseño música a algunas personas ávidas de convertirse en artistas. O al menos en buenos intérpretes. O en legatarios de una excelente tradición, que les transmito con amor, con dedicación y con fervor.
Hace muchos años fui un buen pianista y un gran bailarín con historia propia. Recorrí muchas comarcas ajenas y propias; estuve en cabañas, hoteles, teatros y palacios llevando el arte entre mis dedos y enlazando sueños con artistas de todas las tallas y categorías y brindando mis saberes a los públicos más dispares.
Llevé la locura de la danza y el señuelo de la melodía a todas esas personas que se acercaban a verme o escucharme, ansiosos de beber el néctar de una melodía, sin pensar que el artista que les llenaba la copa del aire tenía vacía la suya propia..
Incluso me uní a la mejor institución humanitaria del mundo y dediqué muchas horas al servicio de las personas vulnerables ante la naturaleza o por la acción del hombre,
Y me creía feliz.
Pero luégo, apagado el entusiasmo y agotada la emoción de lo vivido, sentí que ya lo había dado todo y no quise volver por lo mío. Entonces sepulté mis sueños y revoqué mis ideales.
La tragedia se acercó a mi vida poco a poco y apagó mi deseo de vivir. Primero perdí a mi primer hijo en un accidente absurdo; después murió mi padre y más adelante mi madre marchó en pos de él. Después mi segundo hijo se alejó por dos largos años siguiendo el llamado de la Patria y, de alguna manera, me sentí traicionado y quedé solo, con la frágil compañía de mis hermanos, inmersos en sus propias e insondables soledades, .
Ahora, arrebatada la alegría de mi corazón, y alejado de las personas que amo y cuya compañía se me esquiva sutilmente, espero el redentor llamado de la suprema ausencia en la quieta soledad de un cuartito ajeno, con algunos objetos queridos, un poco de música y un mar de recuerdos que no logran revivir el frenesí del ayer perdido.
Hace muchos años fui un buen pianista y un gran bailarín con historia propia. Recorrí muchas comarcas ajenas y propias; estuve en cabañas, hoteles, teatros y palacios llevando el arte entre mis dedos y enlazando sueños con artistas de todas las tallas y categorías y brindando mis saberes a los públicos más dispares.
Llevé la locura de la danza y el señuelo de la melodía a todas esas personas que se acercaban a verme o escucharme, ansiosos de beber el néctar de una melodía, sin pensar que el artista que les llenaba la copa del aire tenía vacía la suya propia..
Incluso me uní a la mejor institución humanitaria del mundo y dediqué muchas horas al servicio de las personas vulnerables ante la naturaleza o por la acción del hombre,
Y me creía feliz.
Pero luégo, apagado el entusiasmo y agotada la emoción de lo vivido, sentí que ya lo había dado todo y no quise volver por lo mío. Entonces sepulté mis sueños y revoqué mis ideales.
La tragedia se acercó a mi vida poco a poco y apagó mi deseo de vivir. Primero perdí a mi primer hijo en un accidente absurdo; después murió mi padre y más adelante mi madre marchó en pos de él. Después mi segundo hijo se alejó por dos largos años siguiendo el llamado de la Patria y, de alguna manera, me sentí traicionado y quedé solo, con la frágil compañía de mis hermanos, inmersos en sus propias e insondables soledades, .
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